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Rock Stock Bar

48 sin Keith Moon

Por: Salma Basel

“I told people I was a drummer before I even had a set, I was a mental drummer.”

                                              Keith Moon

La batería es un instrumento precioso, para su servidora, probablemente el más hermoso de todos: aunque puede ser suave y elegante como cualquier otro instrumento, lo cierto es que convertirse en baterista es una hazaña menos que elegante o suave; aprender a ejecutarla requiere de una disposición mental que se alinea más con las raíces primigenias de la humanidad, con los instintos primarios, el pulso natural y salvaje, que con la estructura. Sí, ya después puede venir la estructura, esa suerte de “domesticación” del instinto rítmico, o no…

Hay bateristas extraordinarios, cuya disciplina, precisión, estilo, son asombrosos, pero luego están los bateristas EXTRAORDINARIOS, esos que son únicos y cuya marca en las percusiones puede considerarse, entre tantas cosas, como transgresora, porque su forma de tocar es tan única e inmediatamente reconocible, que sellan su lugar para la eternidad. Pero después está Keith Moon, este monstruoso milagro de la naturaleza que no sólo reinventó la forma de interpretar el instrumento, tenía un estilo único y demoledor (“el único baterista tipo Keith Moon en el mundo”) y selló su lugar en el olimpo de los bateristas, sino que parecía ser la personificación misma del espíritu animal, intenso, apasionado, originario, de la batería: la batería hecha carne, convertida en deidad.

Keith Moon había nacido en Wembley, Londres, Inglaterra, el 23 de agosto de 1946. Un niño hiperactivo y con mucha imaginación, con pésimas notas en la escuela y con fijaciones muy particulares (la ciencia ficción o ejem… explotar cosas, por ejemplo). Se encontraría con su alma gemela, la batería, en los sesentas, época en la cual también la música surf se convirtió en otra de sus fijaciones, orillándolo así a formar parte de diversos proyectos musicales, entre ellos, The Beachcombers, un grupo de surf que tocaba covers del género.

Keith Moon

El destino lo llevaría a The Who en una anécdota curiosa: según cuentan Pete Townshend y Roger Daltrey, Keith era literalmente rojizo-anaranjado: su ropa, su cabello, sus zapatos. Tenía estos ojos marrones de cachorro, enormes, y con una actitud más bien infantil que arrogante, les dijo que él podía tocar mejor que Doug Sandom, quien era entonces el baterista de lo que después sería The Who, The Detours. Así, borracho y aterrorizado, se subió a tocar un cover de Road runner, para después, presa del efecto de los nervios y el alcohol, reducir a pedazos la batería de Sandom. Daltrey y Townshend quedaron tan impresionados tanto por su comportamiento extraño, explosivo, como por la forma en que tocaba, casi como jugando al borde del precipicio. El resto es historia.

“Moon the loon”, como cariñosamente era apodado por su naturaleza salvaje y excéntrica, se cuenta entre los mejores bateristas de la historia (y para algunos de nosotros, se disputa sinceramente ese aclamado primer lugar con John Bonham) porque en cuerpo y alma, no parecía que la tocaba, sino que la vivía: para empezar, fue probablemente el primer baterista en incorporar el doble bombo (algunos afirman que fue el increíble Ginger Baker, otros que ambos fueron simultáneos, pero preferimos la versión que ayuda a deificar aún más a la leyenda en esta ocasión), y la forma en que la interpretaba, usando un uso desmedido de los platillos y llenando espacios de maneras poco convencionales abarcando prácticamente toda la batería (enfatizando también, desde luego, mucho los tom toms), lo asemejaban únicamente una especie de energía nuclear devastadora, incontrolable pero, extrañamente, precisa y funcional. El estilo de Keith era una perfecta calibración entre caos y disciplina, casi como pender de un hilo en el barranco. Era emoción, potencia, adrenalina, dinamismo y eclecticismo por igual. Cuando uno lo escucha, probablemente lo más cercano a lo que puede compararse es a una avalancha yendo directamente hacia el escucha, sin posibilidad, ni ganas, de detenerla. “Tocaba en zig-zag”, como decía el querido thunderfingers, John Entwistle. Los tres miembros de The Who luego admitirían que al principio les era complicado adaptarse a su estilo animal, pero después, sumamente agradecidos, reconocerían que esa batería, ese loco, era el alma del grupo.

Sin embargo, el caos brillante de Moonie no se limitaba a lo musical: entre ese hobby de explotar y romper cosas (desde habitaciones de hotel, excusados y, claro, su  propia batería), manejar autos de lujo hasta hundirlos en albercas, disfrazarse de personajes inusuales, y esa necesidad de tomar cuanta droga (hasta calmantes para caballo) y alcohol a un punto más allá del exceso, realmente parecía que la batería sólo era una extensión más de sí mismo, su forma natural, extrema, libre y bestial de ser. A Keith le gustaba hacer reír a sus amigos, le gustaba experimentar, y su compañía era divertida, auténtica y agradable, según cuentan, pero también, algunos como Anne Walter-Lax, quien fuera su novia, notaban que había una dimensión oscura en sí mismo que contrastaba con su imagen pública: dicen que en esencia era un tipo tímido, callado, incluso triste a veces, que a menudo se perdía en sus pensamientos cuando no estaba a la batería (but even jesters cry, como escribió Fish de Marillion, absolutamente inspirado en Keith Moon y su muerte).

Who Are You

Pese a todo, lo que es evidente es que Keith vivía como quería: amando intensamente la batería y amando intensamente el desmadre a partes iguales. Lo asqueroso de todo, es que vivir así, siempre tiene un costo alto y, como le habían advertido a Townshend, el baterista tenía los días contados si no actuaban pronto. Así, Moon empezó a entrar y salir de rehabilitación, principalmente del alcohol, que era lo que parecía absorberlo más pero, como todos sabemos, la historia no acabó bien.

A sus 32 años, Keith Moon lucía mucho mayor de lo que realmente era. Los vicios habían mermado su cuerpo, pero no así su estilo de tocar; Who are you, el octavo disco de The Who, sería el último disco de la banda con Keith y aunque aquí no apreciamos la misma fascinante e incomprensible velocidad de rayo que en los primeros discos como My generation o A quick one, la fuerza arrasadora brutal de discazos como Tommy o Quadrophenia, la realidad es que en Who are you se dice que estaba encontrando problemas para tocar debido a su estado de salud, no obstante, preferimos pensar que Keith se estaba convirtiendo ahora en un caos elegante, pues sus pistas de batería seguían conteniendo ese sello inmediatamente identificable suyo, sólo que algo cambiado. Al final, no viviría mucho más tiempo para permitirnos escuchar lo que habría pasado si hubiera continuado demoliendo sus tan amados tambores y platillos.

La anécdota de cómo Keith dejó esta tierra a los treinta y dos años, es tristemente bien conocida: noche de premiere de The Buddy Holy Story, al lado de Paul McCartney, cena, después el regreso al quizá maldito departamento 12 en Curzon Street (ese que había sido el escenario de la muerte de Mama Cass, a la misma edad, sólo cuatro años antes), a embutirse 32 pastillas de Heminevrin (medicamento recetado para tratar los síntomas de abstinencia alcohólica) tras mandar al carajo a su novia porque no quiso cocinarle, mientras veía El abominable Dr. Phibes con Vincent Price. Acorde a como Walter-Lax cuenta los hechos, Keith murió mientras dormía; sus ronquidos la llevaron a irse a dormir al sillón, pero las horas pasaron, la mañana se convirtió en tarde y, extrañada porque Keith no era alguien que durmiera mucho, entró a la habitación y lo halló semi caído de la cama: su corazón se había detenido.

La autopsia determinó que de esas 32 pastillas, sólo seis habían sido digeridas: la dosis máxima de Heminevrin son tres pastillas al día, exceder la dosis, se vuelve letal. Keith, fiel a vivir sin reglas, decidió que tres no eran suficientes.

Al morir Keith, The Who, aunque fabulosos, jamás volvieron a ser lo mismo: habían perdido el corazón indomable que bombeaba gran parte de la esencia de la banda. Hubo otros bateristas para ellos: Kenney Jones de The Small Faces y, por supuesto, tal vez la semilla más importante que dejó Keith, Zack Starkey, hijo de Ringo Starr, de quien Keith era padrino y a quien enseñó todas sus mañas demenciales en la batería pero, evidentemente, Moonie es simplemente irremplazable.

Desde inspirar a otros absolutos portentos geniales en el instrumento como Neil Peart de Rush, hasta muy probablemente haber sido el referente para Animal de los Muppets, la huella de Keith Moon en la historia de la batería, en la historia, ya no sólo del rock, sino de la música, se resiente sin perder fuerza. El protagonismo de su sonido colosal, desmedido, lleno de adrenalina, en la delgada línea de la locura y la sanidad, continúa inspirando a bateristas alrededor de todo el mundo, pues su forma de tocar, cambió la manera en que la batería era concebida hasta entonces, para siempre.

Not to be taken away, dice la silla en la que Keith está sentado en la portada del Who are you y, aunque hace cuarenta y ocho años su última broma pesada nos lo arrebató, esa frase está muy lejos de ser verdad…