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Rock Stock Bar

Strange Times

Por: Salma Basel

Hay joyas que trascienden el tiempo de una manera silenciosa, tanto, que pueden volverse etéreas, imprescindibles, pero casi imperceptiblemente. Algunas cuestan más trabajo de hallar que otras;  unas por su calidad underground, otras por el momento en el que fueron concebidas y, algunas otras, por ambas cosas.

Strange Times es el tercer álbum de la denominada “época clásica” de The Chameleons; es el disco que completa una suerte de “sagrada trilogía” que, con el paso del años, ha servido para consolidarlos como una extraordinaria banda de culto. Este septiembre de 2026, Strange Times cumple cuarenta años de su publicación y, aunque quizá generalmente no entra en las listas inmaculadas de “los mejores álbumes de los ochenta” o lo que sea, resulta ser un álbum que merece reverencia profunda por su calidad instrumental y lírica. Además, indudablemente el álbum pertenece a esa tercera categoría de joyas underground gestadas en un momento desafortunado, en un “tiempo extraño”, en que el mundo al final no pareció estar listo para recibir la gracia de los de Middleton.

Era 1986, y después de dos discos honestos, poderosos y formidables, el grupo estaba listo para el gran salto internacional; habían firmado con Geffen hacía poco (lo que no necesariamente significaba ceder su control creativo, pero sí poder pulir “comercialmente” su producción) y poco a poco estaban logrado la valorización y reconocimiento que les merecían en la escena; todo estaba alineado para que su genialidad azotara masivamente, lo cual no ocurrió por azares del destino, dignos de tragedia shakespeariana… pero esa es historia aparte.

Strange Times es un majestuoso golpe tras otro; una serie de canciones mágicas, algo más largas (por momento coquetean más ampliamente con el progresivo que ya los influía antaño), pero que conservan la originalidad, la sensibilidad, la melancolía, la furia, el brillo y la oscuridad que The Chameleons convirtieron en su sello desde sus días tempranos.

chameleons

Inicia con Mad Jack, una canción potente que roza en esa emocionante ira semi-taimada en la que ya antes habíamos escuchado lo finos maestros que podían ser; Mad Jack  parece una acusación ácida, burlona, molesta, pero sin duda debe haber sido una sorpresa para el fan ochentero de la banda: al escucharla es fácil irse con la finta de que álbum será una entrega más agresiva, porque la batería de John Lever suena algo monstruosa, violenta, por ejemplo, o las guitarras de Reg Smithies y Dave Fielding tienen una cualidad más acelerada. El fan promedio incluso probablemente la hubiera encontrado hasta cierto punto tradicional dentro de su estilo poco ortodoxo, pero eso sería predecible, y si algo eran los mancunianos, era todo menos predecibles.

Caution arranca entonces; de nuevo la batería de Lever suena “grandota”, contundente, pero las guitarras vuelven a formarse en esa asombrosa dinámica dicotómica, marca de la casa: Fielding provocando ensueños y Smithies amarrando el cable a tierra, mientras la voz de Vox (antes Mark Burgess), aunque siempre apasionada, suena por momentos desesperada, decepcionada, arrabiada, dramática, pero contenida. Una majestuosa canción que va dejando entrever los cimientos que poco a poco irán haciendo crecer el álbum hasta convertirlo en sublime.

La siguiente canción es Tears, un corte dividido entre la usual melancolía queda y la fantasía; la ilusión de flotar viene de nuevo de la mano de esas siempre magníficas guitarras, una acústica, llevando casi de la mano al escucha, y la otra que, en conjunto con efectos de sintetizador (que si bien ya venían usando, en esta tercera entrega se vuelve prácticamente esencial), lo someten a uno a ese estado casi cinematográfico de ilusión, mientras Vox nos despacha una (otra) letra evocativa, exquisitamente escrita.

Hay que destacar que Vox, además de ser un frontman de primer nivel, es un letrista absolutamente fenomenal y, aunque es una opinión meramente subjetiva, acaso las mejores letras que escribió en su carrera, la mayoría provienen del Strange Times, (¿será porque resultan tan confesionales y abiertas que es muy fácil identificarse con ellas? Quién sabe, al final, esta observación es a juicio personal).

Tras Tears aparece Soul in isolation, una favorita de muchos; la batería de Lever se convierte en absoluta conductora y es lo que muchos fans recuerdan pues, a diferencia de muchas canciones del repertorio de la banda en que las guitarras son el volante, Soul in isolation deja cancha más libre a John para lucirse como el extraordinario baterista que solía ser. De nuevo, la voz de Vox termina de construir con completa franqueza y pasión una letra que se desenvuelve con una naturalidad deleitosa acerca quizá de otra filosofía personal del cantante sobre una visión de las cosas, en esa mezcla de anhelo, desesperación e ira, perfectamente equilibradas.

La siguiente canción es, para muchos, la joya de la corona no sólo en el disco, sino la epítome del portento musical que suponen ser The Chameleons: Swamp Thing. A título personal, claramente es una canción que roza la divinidad, pues todo parece estar colocado con tal precisión y en una medida tan justa, tan cuidada, que es inevitable no emocionarse; de nueva cuenta, la batería de Lever es indispensable y, junto al bajo de Vox, emocionante, profundamente emocional; una sección rítmica que guía con maestría sensible en ese viaje en el que la canción nos inicia. Sin embargo, el par de guitarras (un poco, de nuevo y gracias, a la compañía del sintetizador operado por Dave), vuelven a ser omnipotentes, omnipresentes, responsables directas de enamorarse del sonido de esa banda, con ese riff y esas estructuras que tocan cuerpo y alma a partes iguales. Vox entonces se hace cargo de entregarnos una de las letras más evocativas, entusiastas, desnudas y “pegadoras” que ha escrito. Un verdadero himno atemporal de casi seis minutos.

Tras Swamp Thing, uno puede sentir que atravesó una especie de umbral; cada canción hasta entonces se sentía como una maravilla que iba in crescendo y que en Swamp Thing encuentra su apogeo. Entonces se puede pensar: “¿qué más puede traer el disco que supere esto?” Pero la idea no parecía superar, sino mantener un estado mental, espiritual y de ánimo que se cobrara todavía con intereses al escucha a medida que el resto del disco continúa.

Así, entra Time, the end of time, un corte plagado de una belleza tanto melancólica, como esperanzadora, sobre lo efímero de la vida y la urgencia de aprovechar, valga la redundancia, el tiempo. La guitarra de Reg guía esta vez con esa cualidad suya entre abrasiva, rítmica, ansiosa, pero llena de emoción cruda, mientras que Dave agrega más capas emotivas con sus seis cuerdas ensoñadoras, particularmente hacia el final. En esta los coros de Vox pueden fácilmente orillar a las lágrimas si el escucha se encuentra en un momento vulnerable. A juicio personal, es la canción “lacrimógena” del álbum, pues se debate entre la insistencia de vivir que se oye en los instrumentos y la voz de Burgess, y la tristeza de que todo tiene un fin inevitable. Otro tesoro profundamente evocativo dentro del disco.

Lo que viene a continuación es tal vez la canción más sencilla dentro del álbum, pero no por eso menos poderosa; Seriocity está conducida otra vez por el frenesí emocional de la guitarra de Smithies, mientras que Fielding en la guitarra acústica y el piano, agrega detalles que, en conjunto con las letras de Vox, vuelven a la pieza profundamente sugerente; si hay una canción que ilustra bien la soledad, en su esplendorosa belleza inspiradora, y también en el profundo dolor que causa, es Seriocity. Una preciosidad de entrega pese a su evidente simpleza.

La siguiente canción es una de las personalmente favoritas, no sólo del disco, sino de todo el repertorio que manejan los de Middleton: In answer. Aunque quizá In answer contenga la letra más “simplona” y menos filosófica/poética de todas las maravillas que Burgess ha escrito, es la forma de despacharla, en conjunto con el tejido distintivamente telepático y celestial de ambas guitarras, que vuelven a comandar toda la canción hacia un ascenso sublime, lo que la vuelve poseedora de una belleza exquisita: una épica sobre perder la virginidad que es más mística que el hecho en sí mismo, al grado que produce imágenes mentales sobre cosas más enormes y recias que lo que la letra describe. Un viaje casi bíblico que entra por los oídos y se dispara en la imaginación en forma de hazaña heroica.

Si con Swamp Thing el escucha sentía finalmente un “despegue”, es a juicio individual que In answer se siente como el inicio del descenso; después de atravesar cada eminencia de melodía en el álbum, la canción que precede a In answer, Childhood, casi se siente como un respiro; no es que no sea estupenda, al contrario, la nostalgia que produce se mueve en ese terreno conocido que parece ser muy del imaginario de la banda hasta en su arte visual (a cargo siempre y para siempre por Reg Smithies): la infancia, su pérdida, su anhelo, su lucha por mantenerla en lo puro, inocente y también terrible, aún en la adultez, no obstante, en Childhood, aunque principalmente la guitarra de Fielding mantenga el alma aún suspendida, la forma más “tranquilamente festiva” en la que la banda se entrega casi guarda parecido con un agradecimiento al escucha por acompañarlos en la travesía que supuso su tercer disco. Es un corte en el que el mismo escucha va recuperando el control de sus sentidos y emociones con más sutileza, anticipándose al final.

I’ll remember es la última melodía del Strange Times en su edición europea, en su formato original. Un instrumental tan bellísimo como ligeramente perturbado que reúne todas las características que hacen que la banda sea tan querida y celebrada en tantos ámbitos; casi exclusivamente guiados por la atmósfera cósmica-onírica de Dave, el escucha se va con la finta, con la sensación de que puede sentir su cuerpo y su alma profundamente entrelazados, casi como una meditación, pero que al final se rompe con una serie de gritos y un golpe violento en el bajo de Vox, porque el mundo, con su horror imparable, debe continuar.

En su edición extendida, Strange Times, cuenta con canciones que sólo pueden catalogarse como tremendas odas. Por lo que a su servidora respecta, son algunas de las favoritas de todo el catálogo de la banda; primero, hay una versión distinta de la hermosa Tears (presumiblemente “arreglo completo”: otra letra, algunos cambios), pero luego viene Paradiso, que es una pieza increíblemente preciosa: inicia con el sintetizador a manos de Fielding (el eterno experto en las atmósferas idílicas) y se sigue como un despliegue de poder puro, entre sensible y molesto, con las voces otra vez apasionadas y desencantadas en igual medida de Vox, y los característicos acordes y notas trepidantes, pero siempre provocadoras y conmovedoras, de Smithies, mientras John marca el ritmo como un metrónomo contundente, lleno de golpes secos que amplifican aún más lo desesperado y decepcionado de las letras de Burgess. Una pieza absolutamente brillante, soberbia.

Inside out, es otra brutalidad de canción que forma parte de los bonus tracks, casi un manifiesto; hace que el escucha se pregunte cómo no pudo incluirse en el listado original tanto como Paradiso. Inside Out tiene esta cualidad medio críptica en su letra: por un lado parece sumamente personal, pero por otro tiene este sello inconfundible de Burgess de una suerte de ira taimada, casi un reclamo que dan ganas de cantar con todo y su coro pegajoso, con dientes apretados, aún sin entender exactamente a quiénes se está refiriendo. En esencia, Inside out se escucha como una canción de resistencia: la guitarra de Smithies vuelve a actuar como una especie de metralleta que conduce la canción, lo mismo que la batería de Lever.

La otra canción original de la versión extendida, es Ever after, la cual guarda cierta coherencia y similitud con la antecesora Inside out: un grito de inconformidad que tiene sus raíces en la naturaleza más simple del punk, de nuevo, con esa guitarra frenética guiando y las voces semi-desquiciadas de Vox.

Finalmente, la versión extendida cierra un poco más amable, como si las últimas canciones hubieran sumido al escucha en un ánimo más bien negativo. Así, el disco acaba con un divertido cover juguetón de David Bowie (John, I’m only dancing) y uno fantásticamente potente (y, a título personal, infinitamente superior a la original) de Tomorrow never knows de The Beatles. Ambos covers como si los Chameleons fueran demasiado modestos para admitir que habían creado un álbum de proporciones épicas, casi divinas, para la posteridad, tanto, que cuarenta años después aún hablamos de él, lo reverenciamos (incluso gente como Noel Gallagher), escuchamos su influencia en otros músicos, celebramos, y buscamos darle mayor divulgación porque una banda así, con un disco así, merece permanecer en la memoria melomaniaca colectiva el mayor tiempo posible.

Son los primero cuarenta años de Strange times, pero ojalá perdure durante muchos “tiempos extraños” más, porque música así, hecha con carne, mente, alma y sangre bien expuestos, está hecha para ser eterna.